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jueves, 9 de marzo de 2023

El Sueño ya está aquí. Disponible en Amazon


Hace mucho que no piso por aquí, pero por fin me he decidido a volver a volver,   o sea, a revolver... y qué mejor revuelta que presentaros mi libro El Sueño -disponible en Amazon-. Poco a poco os iré contando cosas...
 

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Patita Naranja

Os presento a Patita Naranja...
Lo conocí debajo de la rueda de mi coche, estaba con sus dos hermanos: Canelo y Canelobonito, estuve a punto de aplastarlos cuando salía hacia el trabajo. Pero gracias a Dios me dí cuenta a tiempo de que tres crías de gato se habían refugiado bajo el coche. En esta foto se le ve la pata naranja por la que le puse su nombre, parece blanca pero no lo es.  Le he dado de comer a él a su madre y a sus hermanos desde entonces y llevaba unos días sin volverlo a ver, pensé que había muerto pero no, por circunstancias ha llegado a mí esta foto que me la envía la protectora de animales para decirme que una familia lo ha adoptado. Estoy feliz. Me da pena no volver a verlo porque se dejaba coger y era cariñoso pero me alegro por él. Bueno, ella, que me dice Lola la de la protectora que es una chica. Así que reabro por enésima vez este blog y le dedico un post, esperando que sea muy feliz y viva una larga vida. Me alegra haber aportado algo a que esta historia haya tenido un final feliz. Señores, quiero volver a Cuba y terminar mi historia, a ver si lo hago de una buena y puta vez.

martes, 29 de noviembre de 2016

Quien dice cada día....

Quien dice cada día, dice cada semana! Hace ya un tiempo perdí mis pendientes, los tenía desde hace años y me los ponía a diario. Eran dos aros de plata anchos aunque pequeños. Me he comprado otros muy parecidos pero no son igual, pesan más y son más brillantes, por contra, aquellos eran ligeros y tenían una pátina que les daba un  aire especial, como de joya antigua. Los perdí en un hotel de Almuñécar, casi podría jurarlo, pero no estoy del todo segura y a estas alturas ya no los podría recuperar. Los añoro, y los recuerdo con nostalgia porque me acompañaron en los mejores momentos de mi vida, al menos los mejores hasta ahora.
 A veces me empeño en echar de menos pequeñas cosas, quizás para distraer mi mente de aquellas más grandes que me faltan también, y que como los pendientes de plata, no se pueden recuperar.


lunes, 14 de noviembre de 2016

Ese día tonto que tengo hoy y en el que he decidido volver...

Hoy no tengo el día, será porque las cosas no son como me gustaría que fueran, o sencillamente porque ha ganado Donald Trump, no sé, lo cierto es que voy a retomar este blog, y voy a hablar en él de lo que me gusta, lo que siento o sencillamente lo que me invente, será como escribir un mensaje en una botella y lanzarla al mar... "Olas de plata que me refrescan la piel, cristales de arena que abren huecos esquivos bajos mis pies..." 

martes, 23 de octubre de 2012

La empresa V

 -¡Teodora! ¡Mire mi negra que ya han tirao el cañonazo del Morro y va a llegá tarde, pué!
La voz apremiante de mi madre me hizo dar un respingo y la tuerca del pendiente salió de entre mis dedos como una minúscula canica. Mis ojos no fueron capaces de seguir la parábola que describió y emití un gruñido de desesperación

-¡Ya lo he oido! --Grité fuera de mí mientras intentaba en vano agacharme para recogerla. Y digo en vano porque aquel vestido no me permitía fexionar el cuerpo más de noventa grados por articulación, así que desistí, cogí un par de pendientes de clip y me los coloqué con furia. Observé nerviosa la imagen que el espejo me devolvía. Así, con gesto airado y la mirada torva, mi rostro se oscurecía mostrando la negra que llevaba dentro y que le debía a  madre. Me forcé a sonreír, la sangre poco a poco se disipó, las aletras de mi nariz se estrecharon y mis ojos perdieron su redondez ofuscada. Apareció en mi cara entonces el rostro español que debía a mi padre. Cogí mi cartera de mano y sin despedirme de mi madre, salí disparada por la puerta de casa con el corazón palpitando en mi pecho como un tambor de guerra.

 A Brandon Hunter no le gustaba nada que le hiciera esperar. Hacerle esperar podía suponer que una cena romántica en el restaurante del Habana Biltmore se convirtiera en una pesadilla de reproches y quejas. 
 Nos conocimos hacía seis meses en un partido amistoso de beisbol entre el Marianao y el Cienfuegos organizado por Jacob Lansky al que mi empresa me invitó.  Mi jefe me presentó al señor Lansky y yo enseguida reparé en Brandon. No se separaba ni un momento de Lansky, parecía un guardaespaldas por su aspecto corpulento, recio y siempre a la defensiva, pero no lo era, era su hombre de confianza. En cuanto mi jefe me presentó a Lansky, Bandon Hunter se fijó en mí. Aquella misma noche me invitó al Tropicana y una semana después era oficialmente su novia, aunque no conseguía desembarazarme de todas las busconas que intentaban arrebatármelo impunemente
Estar a su lado relajada y tranquila no me era posible. No, mientras su puño derecho permaneciera apretado cada vez -y eran muchas- que me lanzaba un reproche. Aunque jamás le tuve miedo, miedo no, sencillamente porque nunca he tenido miedo a nada ni a nadie, y, es cierto que abre muchas puertas en Cuba ser la novia del hombre de confianza de Jacob Lansky...

Aquella cena iba a ser muy diferente a las demás. Necesitaría de todas las armas de seducción posibles para convencerlo de participar en mi plan. El era la clave, mejor dicho, el señor Lansky, era la clave. Tenía que conseguir que Brandon me entendiera y me apoyara.... La empresa me había comunicado la llegada inminente de  una nueva empleada desde Buenos Aires, una pazguata a la que tenía que enseñar todo lo referente a mi trabajo, una colaboradora, lo llamaron. Nada ni nadie iba a pisarme el terreno en el trabajo. Me había llevado años conseguir patrocinio y respaldo para mi proyecto. Ahora no iba a venir una lista a quedarse con lo que era mío. 

Brandon estaba de buen humor, lo noté enseguida. Sonrió desde la ventanilla de su Cadillac negro al verme bajar  resuelta, desafiante y provocatica las escaleras. Yo sabía muy bien lo que a él le gustaba de mí, y aquella noche se lo iba a dar. ¡Vaya si se lo iba a dar!. 
Me acerqué al coche y conseguí inclinar mi cuerpo hasta poner mis ojos frente a los suyos. A penas podía respirar, mitad por culpa del vestido, la otra mitad por la tensión. 
-Hola amor-  Susurré con voz entrecortada a causa de los nervios y la  expectación, aunque él interpretó en mi jadeo exactamente lo que yo quería que interpretara.  Me incorporé y dando media vuelta conseguí desviar sus ojos hacia mis caderas con la excusa de mostrarle el vestido.
-¿Me queda bien?-   Pregunté con una sonrisa melosa.
Brandon balanceó la cabeza mientras su ojos me recorrían
-Estás increíble. ¡Sube al coche de una puta vez!  Hoy cenaremos algo rápido




lunes, 21 de mayo de 2012

La empresa IV

Me llamo Jian Chen, tengo veinte años y soy el hijo menor de Moisés Chen. Mi padre quiso poner a su último hijo un nombre chino. Mis hermanos se llaman de mayor a menor: José, Merceces, Laura y Antonio, y todos excepto yo, trabajan en la frutería de la familia, la más grande del barrio Chino de la Habana, en la calle Dragones. Excepto yo, que trabajo,o  mejor dicho, trabajaba, para el señor Lansky.
Al señor Jacob Lansky, administador del Hotel Nacional y hermano de Meyer Lansky, famoso capo de la mafia, le gusta tener siempre enormes cantidades de fruta fresca en su habitación privada del hotel, desde la que se ve todo el Vedado y El Malecón. Una joya del Art Decó, decorada a su capricho, según afirma él a sus escasos visitantes, en su mayoría mujeres, que por su aspecto no tienen ni la más remota idea de lo que significa eso.
Yo era, hasta ayer, el frutero particular y exclusivo del señor Lansky. Era el frutero mejor pagado de toda la Habana y mis hermanos me envidiaban -aún me envidian-  por ello. Mi única misión consistía en proveerle diariamente de mangos, chirimoyas, naranjas y frutas bomba. No tengo la menor idea de quién comía la enorme cantidad de fruta que yo le llevaba, lo cierto es que cada mañana, a las nueve y media en punto, yo me presentaba en la recepción del hotel con un cesto cargado de la mejor fruta de la tienda que dejaba en el mostrador, para que el matón de turno la inspeccionara, tras lo cual, entraba muy ufano en el ascensor que subía directamente al recibidor que comunicaba con su habitación.  
Yo era una de las personas de confianza del señor Lansky. Lo he visto en pijama y en bañador, lo he visto equipado para jugar al tenis y en calzoncillos. Yo sabía de su tic nervioso en el ojo cuando le aguantabas más de tres segundos la mirada  y de su manía de pasar el regordete dedo por la brillante fruta en busca de alguna mota de polvo que por supuesto no había. 
El señor Jacob -Jake para los amigos- Lansky salía personalmente a recibirme y cogía el cesto de fruta con sus propias manos,  inspeccionaba una a una cada pieza con sus rollizos dedos como orondos gusanos blancos. Luego me daba el oquei con un guiño de su ojo izquierdo, el que no tenía el tic. Eso me hacía sentir importante....  Hasta Ayer.
No sé quién coño le llevará a partir de ahora la fruta al cabrón ese, ojalá se muera de una diarrea y alguien se olvide de la maldita deuda que tengo con él, por culpa de Teodora del Hoyo, la mulata más pervesa y más blanca de toda la Habana.








 




miércoles, 21 de marzo de 2012

La empresa III

De pronto un rayo de sol se coló por la rendija de la vieja persiana y fue a parar justo a mi ojo derecho, Me desperté lenta y dolorosamente, como el que vuelve de un coma de tres meses. Me envolvió una profunda sensación de mareo. Estaba desorientada, no sabía qué hora era ni dónde me encontraba. Me incorporé ligeramente y fue como si tuviera clavada una enorme punta en el cerebro. Enseguida la habitación comenzó a dar vueltas como si fuera un tiovivo y alguien hubiese accionado la enorme palanca sobre la que rezara la leyenda "A todo gas". Sujeté la cabeza con fuerza entre mis manos para hacerlo parar pero no lo conseguí...
¿Dónde coño estaba? Aquella no era ni remotemente mi habitación del hotel Nacional. Me dejé caer de nuevo sobre el camastro en el que me encontraba. Con los ojos cerrados todo iba mucho mejor, la luz ya no hería mis ojos y la habitación no daba vueltas.
De pronto tuve la sensacón de estar totalmente despierta y me asusté.¿Estaba borracha? No recordaba haber bebido. No recordaba ninguna fiesta... Tal vez Teodora me había llevado al Tropicana como prometió...¿Lo prometió? ¿Cuándo? ¿Dónde? Pero no, ¡Me acordaría! Yo nunca había estado en un cabaret. Aquello no lo habría olvidado.
 Intenté poner orden en mi cabeza. Sí, recordaba perfectamente la habitación del hotel, fría, funcional, austera pero cómoda. ¿Y mi equipaje? ¡Oh dios, sí, me lo había robado el chino! Eso lo recordaba perfectamente... Decidí tirar del hilo empezando por ahí:
La carrera del chino hacia la camioneta
El Buick rojo de Teodora
La llegada al Hotel Nacional... Y... Nada más. ¡No recordaba nada más! Y aquella conversación sobre el Tropicana.... Hice un esfuerzo por recordar...
Una calle...la bahía al fondo... El rostro sonriente de Teodora...el graznido de las gaviotas.... Me incorporé sobre el camastro y la punta en mi cerebro se incrustó un poco más. Dios, ¡Qué dolor tan agudo! Me iba a estallar la cabeza. Me apoyé en el cabecero de la cama y poco a poco fuí abriendo los ojos. Así sentada sobre la cama, sentí que el mareo remitía y poco a poco, el tiovivo de la habitación comenzó a frenar.

Me encontraba en un cuartucho alargado en el que casi todo el espacio lo ocupaba la cama donde me encontraba. Había un agujero en el sitio donde yo había dormido, así que supuse que el colchón sería de algún material similar a la lana. Las sábanas blancas eran viejas pero estaban muy límpias, lo cual era de agradecer. La cama no era demasiado grande, tal vez un metro de ancha, desde los extremos de la cama se podía tocar la pared adyacente. A mi izquierda estaba la ventana, que era estrecha y alargada también. Una destartalada persina tipo veneciana ocultaba a la vista lo que pudiera haber detrás. Solo entraba la claridad de lo que supuse era un patio interior, pues no se oía tráfico de coches, o niños jugando. Por un momento creí que no había ruidos en el exterior, pero pronto me llegó el canto de un gallo lejano y el piar de algún pajarillo. Supuse que mi organismo necesitaba su tiempo para poder asimilar toda la información que le llegaba tras una monumental borrachera como la que imaginaba me había llevado allí la noche anterior.
Ni rastro de gaviotas, observé. Las paredes irregulares estaban pintadas con cal y había cuadros por todas partes. Cuadros de vírgenes con los corazones traspasados, alguno de Jesús llevando la cruz. Todos ellos eran láminas viejas abombadas por la humedad y cagadas por las moscas, no les protegía ningún cristal. Al fondo de la habitación había una especie de altar. ¿Un crucifijo? No lo distinguía muy bien sin las gafas. ¿Dónde demonios estarían mis gafas?
Si, era un crucifijo sobre una especie de peana, y bajo él, lo que parecían cuenquitos con semillas dentro, y una imagen al lado, como un San Pancracio de esos que se ponen en los comercios para atraer el negocio, los clientes, el dinero, la buena suerte o todas las cosas a la vez...

La cabeza no paraba de darme vueltas y yo no conseguía sacar mis recuerdos del atolladero de la habitación del hotel. ¿Qué había pasado después de llegar al hotel? Por más que lo intentaba, no conseguía recordar nada más... Un momento ¡Si! Teodora me había llevado a conocer el Malecón, dimos un paseo y comimos unas hamburguesas en un puesto que había en una esquina...¿Cómo las había llamado ella ...? ¡Fritas! Eso era, tomamos unas fritas. Recordé su pelo al viento y su sonrisa confiada. Yo estaba muerta de hambre y devoré un par de aquellas fritas, sí, lo recordaba perfectamente...¿Y después? Nada. No recordaba nada más..
Bajé la cabeza y me sorprendió ver que estaba vestida con un camisón blanco de algodón. Yo nunca usaba camisón ¿De quién demonios sería aquel camisón?
Eché la sábana con la que me habían cubierto hacia atrás dispuesta a explorar un poco y salir de aquel cuarto en busca de Teodora, que era el único ser humano en toda la isla que yo conocía. Me bajé de la cama por el único sitio por donde podía hacerse cómodamente, por la parte de atrás. Creí que podía sujetarme en pie pero me equivoqué y fui a darme de bruces contra el altarcito y todo lo que había sobre él se vino abajo conmigo.
Quedé tendida boca abajo en el suelo, enmarcada por un rosario de semillas gordas olorosas y extrañas y trocitos amputados de figuras cristianas. Me había hecho daño en la rodilla derecha. Pero... Algo no iba bien. Mi pierna derecha estaba totalmente estirada y no la podía mover. Tiré de ella hacia mí, tal vez se había enganchado entre los travesaños de la cama... Tiré una segunda vez, y sonó clin clin...  Abrí los ojos como platos. De nuevo intenté mover la pierna, y de nuevo aquel sonido metálico... clin clin clin. 
Mi boca quedó seca como el esparto y un frío glacial arqueó mi espalda. Jamás había sentido un terror tan absoluto.
 Dios mío -Dije sintiendo el rostro desencajado- ¡Alguien me ha encadenado a la cama!